Es el año de 1993
en el mundo occidental y en la nación más poderosa del mundo. Bill Clinton ha
asumido como presidente y Nirvana protagoniza la que probablemente sea la
última historia destacada dentro del libro de los grandes mitos del Rock.
Parece ser que los boletos para descansar siguen perdidos y por delante no
queda sino una larga y lodosa senda que recorrer; olvídate de las muñecas, los
colores fluorescentes y ser el más popular de la universidad. Es un gran y
oscuro mundo ahora, un gran infierno. Y en ese infierno están los Melvins. Y estamos
todos. Incluso, como el que más, está Kurt Cobain, que toma la producción del disco y vuelve a los Melvins una banda de culto.
Buzz Osborne, como los mejores poetas, inventa palabras que encajen
con el ritmo de la música. La música, la trinidad perfecta de
guitarra-bajo-batería,es lo más importante aquí. Al oscuro y frío fango que
los Melvins construyeron en Lysol y Bullhead, el rey del grunge únicamente le
adicionó unas gotas de agua para refinarlo y dejarlo listo para agradar a la
masa y cosechar los frutos del éxito. Nada dice más del nuevo paso de la banda
que la colorida portada del disco: dos inocentes niños con mejillas coloradas
jugando con un tierno cachorrito con la lengua de fuera en un prado verde y
colorido. Pero ese cachorro no es uno cualquiera, no es uno que se vea
cotidianamente, el tuyo o el de tu vecino; no es tampoco algún lindo cachorrito
de comercial. Es un perro de dos cabezas más emparentado con Cerbero el
guardián del Hades que con el perro basquetbolista. Esta dualidad representa la
unión de dos mundos que terminan siendo un mismo cuerpo, el encuentro de lo
subterráneo de una banda con un productor en la figura del rey del mundo
musical. Lo fangoso y lo depurado. Hooch (una de las mejores canciones de los
noventas según Pitchfork), track inicial del álbum nada tiene que ver con
Spread Eagle Beagle, tema que cierra un disco dividido en dos: el lado de la
guitarra y el lado del bajo y la batería.
Y en medio de estos un cover a KISS. Otra vez nada tiene que ver una
cosa con la otra en el mundo racional, pero en el mundo salvaje de la guitarra
de Buzz Osborne absolutamente todo es posible y todo tiene un buen final.
Los Melvins cargaron todo para hacer un disco más pesado de lo que los oídos de allá arriba habían escuchado hasta entonces, ganaron seguidores, críticos y la recompensa histórica de crear géneros nuevos y servir como escuela a una legión de jovencitos que encontraron en el lodo todo lo que el glamour de cantantes pop y bandas de rock venidas a menos jamás les pudieron dar. Houdini es rock de humanos que apalean la batería con huesos y rasgan una guitarra a máximo volumen en medio de una nevada. Houdini es una ilusión para unos cuantos, pero un escape para todos los que se atrevan a escucharlo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario