lunes, 9 de marzo de 2015

If all the hippies cut off all their hair... I don't care

No debe de haber muchas cosas en la vida de un ser humano tan indignas como el proceso de ir con un profesional a cortarse el cabello. Claro que cuando hablo de “cosas de la vida del ser humano” me refiero a las banales y cotidianas, porque sin duda es mucho más indigno ser levantado, desnudado y desaparecido en algún peñasco oculto del pueblo más recóndito de tu localidad, pero, afortunadamente, eso no es tan cotidiano. Si vives en Suiza, claro.
En el país donde esto se escribe sí ocurre con insólita frecuencia, pero ahora no le estoy escribiendo a mi nación. En fin.



Yo no sé cuántas veces en total haya ido desde que nací a una peluquería o estética, pero en NINGUNA de todas esas ocasiones la he pasado medianamente bien. Quiero explicarte, antes que nada, que la tortura de cortarme el cabello inició, en alguna parte de la adolescencia, como una imposición y se convirtió, ahora que soy más grande, en una costumbre que realizo casi en automático y sin importar qué tan deprimente sea cada visita. A pesar de que nunca he tenido el cabello Jimmy Page-escamente largo, para un individuo como yo que toma las grandes bases visuales y filosóficas de El Rock como manual de vida el cercenar varios centímetros en mi cabello me resulta una especie de traición a todos los héroes que me dieron patria aunque el cabello largo no sea más una forma de rebeldía como lo veían los Who en “Cut My Hair”. Ahora cada joven puede traer el cabello de la forma que más le guste y nadie hace un escándalo mayor. El problema podría darse cuando Los Perdedores buscamos un empleo con el cabello completamente desalineado y de dudosa forma; si triunfando y teniendo un CV nutrido, además de una “presentación impecable”, es difícil agarrar chamba, imagínate ahora presentándote a una entrevista disfrazada de súplica para los menos favorecidos, con el look de Dylan a mitad de los 60’s. La llamada de contratación podría nunca sonar.
A diferencia de los muchachos entusiastas de la bachata o banda, que su más grande tormento podría ser qué corte cool, cuidadosamente delineado y ajustado a los estándares de la época, pedirle a la señorita estilista, para un sujeto de escasa preocupación por su apariencia física lo que más se quiere es que rápido y sin dolor. Desafortunadamente NUNCA es así.

La travesía comienza tratando de encontrar el lugar menos antresco para realizar el corte; en la ciudad cada vez hay menos Peluquerías como Dios manda (aunque tampoco sean garantía) y sí, en cambio, pululan sitios donde las TV Notas son el acervo cultural para hacer más placentera la espera, el pop en español y la música electrónica el fondo musical y personas incapaces de seguir instrucciones las encargadas de realizar el triste corte. Como prácticamente todos los sitios accesibles son así, no queda de otra que entrar al más cercano a tu domicilio y esperar en el pasillo de la muerte tu turno para ocupar la silla de ejecución cabelluda. Tratando de ser lo más claro posible, pides el corte y acá comienza una nueva fase de humillación: mirar en el espejo que tienes frente a ti, como tu cabello pasa de un estilo y peinado a otro, auxiliado por los chongos, pinzas y divisiones menos dignas que puedas imaginar. Cuando superaste las colitas de colegiala, el peinado de alfalfa y el emo style, viene el terror de todo hombre que se precie de serlo: CUIDADO CON LAS PINCHES PATILLAS. No quieres quedarte sin ellas. Andar por la vida con un corte carente de la compañía lateral de las orejas semejando más a un casco que a otra cosa es el equivalente a una mujer con las cejas depiladas y mal pintadas. Desafortunadamente el grueso del gremio estilista, cruel por naturaleza, omite tus explicaciones y advertencias respecto a esa zona, y llega a cometer el crimen de amputártelas. Si esto ocurre, listo, no hay más, serán largas semanas esperando a que comience a crecer cabello en esa zona. Días tortuosos de burlas y malmiraciones sin remedio. Y para cuando vuelvas a tenerlas humanamente aceptables, es probable que sea hora de otra visita a La Casa del Terror y la historia podría hacerse interminable.


No es cualquier cosa animarse a seguir esta tradición, amigos, se requiere algo de valor y fuerza de voluntad por cortar algunos centímetros de un pinche cabello que igual nunca vas a peinar.
 
Ya que decidiste probarte a ti mismo yendo a estas sesiones infernales, bien podrías acompañarte con este playlist peludo.





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