No debe de haber muchas cosas en
la vida de un ser humano tan indignas como el proceso de ir con un profesional a
cortarse el cabello. Claro que cuando hablo de “cosas de la vida del ser humano”
me refiero a las banales y cotidianas, porque sin duda es mucho más indigno ser
levantado, desnudado y desaparecido en algún peñasco oculto del pueblo más recóndito
de tu localidad, pero, afortunadamente, eso no es tan cotidiano. Si vives en
Suiza, claro.
En el país donde esto se escribe sí ocurre con insólita frecuencia, pero ahora no le estoy escribiendo a mi nación. En fin.
En el país donde esto se escribe sí ocurre con insólita frecuencia, pero ahora no le estoy escribiendo a mi nación. En fin.
Yo no sé cuántas veces en total
haya ido desde que nací a una peluquería o estética, pero en NINGUNA de todas
esas ocasiones la he pasado medianamente bien. Quiero explicarte, antes que nada,
que la tortura de cortarme el cabello inició, en alguna parte de la
adolescencia, como una imposición y se convirtió, ahora que soy más grande, en
una costumbre que realizo casi en automático y sin importar qué tan deprimente
sea cada visita. A pesar de que nunca he tenido el cabello Jimmy Page-escamente largo, para un individuo como yo que toma las grandes bases visuales y
filosóficas de El Rock como manual de vida el cercenar varios centímetros en mi
cabello me resulta una especie de traición a todos los héroes que me dieron
patria aunque el cabello largo no sea más una forma de rebeldía como lo veían
los Who en “Cut My Hair”. Ahora cada joven puede traer el cabello de la forma
que más le guste y nadie hace un escándalo mayor. El problema podría darse
cuando Los Perdedores buscamos un empleo con el cabello completamente
desalineado y de dudosa forma; si triunfando y teniendo un CV nutrido, además
de una “presentación impecable”, es difícil agarrar chamba, imagínate ahora
presentándote a una entrevista disfrazada de súplica para los menos
favorecidos, con el look de Dylan a mitad de los 60’s. La llamada de contratación
podría nunca sonar.
A diferencia de los muchachos entusiastas de
la bachata o banda, que su más grande tormento podría ser qué corte cool,
cuidadosamente delineado y ajustado a los estándares de la época, pedirle a la
señorita estilista, para un sujeto de escasa preocupación por su apariencia
física lo que más se quiere es que rápido y sin dolor. Desafortunadamente NUNCA
es así.
La travesía comienza tratando de
encontrar el lugar menos antresco para realizar el corte; en la ciudad cada vez hay
menos Peluquerías como Dios manda (aunque tampoco sean garantía) y sí, en
cambio, pululan sitios donde las TV Notas son el acervo cultural para hacer más
placentera la espera, el pop en español y la música electrónica el fondo
musical y personas incapaces de seguir instrucciones las encargadas de realizar
el triste corte. Como prácticamente todos los sitios accesibles son así, no
queda de otra que entrar al más cercano a tu domicilio y esperar en el pasillo
de la muerte tu turno para ocupar la silla de ejecución cabelluda. Tratando de
ser lo más claro posible, pides el corte y acá comienza una nueva fase de
humillación: mirar en el espejo que tienes frente a ti, como tu cabello pasa de
un estilo y peinado a otro, auxiliado por los chongos, pinzas y divisiones
menos dignas que puedas imaginar. Cuando superaste las colitas de colegiala, el
peinado de alfalfa y el emo style, viene el terror de todo hombre que se precie
de serlo: CUIDADO CON LAS PINCHES PATILLAS. No quieres quedarte sin ellas. Andar
por la vida con un corte carente de la compañía lateral de las orejas semejando
más a un casco que a otra cosa es el equivalente a una mujer con las cejas
depiladas y mal pintadas. Desafortunadamente el grueso del gremio estilista,
cruel por naturaleza, omite tus explicaciones y advertencias respecto a esa
zona, y llega a cometer el crimen de amputártelas. Si esto ocurre, listo, no
hay más, serán largas semanas esperando a que comience a crecer cabello en esa
zona. Días tortuosos de burlas y malmiraciones sin remedio. Y para cuando
vuelvas a tenerlas humanamente aceptables, es probable que sea hora de otra
visita a La Casa del Terror y la historia podría hacerse interminable.
No es cualquier cosa animarse a
seguir esta tradición, amigos, se requiere algo de valor y fuerza de voluntad
por cortar algunos centímetros de un pinche cabello que igual nunca vas a
peinar.
Ya que decidiste probarte a ti
mismo yendo a estas sesiones infernales, bien podrías acompañarte con este
playlist peludo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario